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Foto en la Basílica
Foto en la Basílica
1 AGOSTO, 2017
Kathya Millares
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Una visita hecha y
derecha a la Basílica de Guadalupe debe incluir la lectura de la suerte con el
canario, la compra de gorditas de maíz cacahuazintle y una foto en cualquier
punto del recinto.
El canario puede
predecir cómo le irá al interesado en el amor, la vida o el trabajo. Envidias y
traiciones, personas que juegan con los sentimientos de los demás, sugerencias
de números para jugar a la lotería, dolores físicos a causa de estrés o depresión.
Oráculos escritos en español. Quien abre y cierra la jaula del ave estira la
mano y cobra cuatro pesos por cada papelito, o 49 por el paquete más completo.
Las gorditas de
maíz cacahuazintle son redondas y se envuelven en papel de china colorido.
Cuenta la historia que este alimento tiene una larga tradición prehispánica que
luego pasó a la Colonia. Sin importar el nombre del dios o la diosa, estas
gorditas de maíz eran parte esencial de las ofrendas. Hoy siguen cerca de lo
divino y cuesta 20 pesos el paquete.
Al pie del cerro
del Tepeyac y a un costado del recinto a Cristo Rey hay dos escenarios montados
en las columnas de las escaleras que llevan a la Capilla del Cerrito. En uno
aparecen el retrato del papa Juan Pablo II, una imagen de la virgen de Guadalupe
de casi dos metros de altura, una pared de flores artificiales y un caballo
blanco de utilería. En el otro escenario, el fondo es la cascada donde aparece
la representación de una de las cinco apariciones de la virgen a Juan Diego,
una ofrenda de flores y una pila de sombreros de charro de todos los tamaños.
—Pásele, joven.
Tómese la foto con su familia —invita Rodolfo Coronel Ramírez, uno de los
fotógrafos que ha ejercido el oficio en este lugar durante más de 60 años.
En 20 minutos dos
familias preguntan los precios y aceptan posar en alguno de los escenarios. Dos
llaveros con dos fotos cada uno: 50 pesos. Una foto digital grande: 60 pesos.
Ilustración:
Patricio Betteo
Los menos
entusiastas son los niños a los que acaban de derramar agua bendita sobre la
pila bautismal. Uno da la espalda a la cámara, pese a que los brazos de su
madre intentan controlarlo, y otro llora en cuanto lo colocan en el caballo
blanco. Es tan pequeño que sus piernas no rebasan la silla de montar. Padres,
madres e hijos mayores sonríen. En los adultos se observa la certeza de que ese
momento no volverá a repetirse. Quieren atesorarlo de cualquier manera. Recogen
bolsas y suéteres, y se dirigen al lugar en el que les entregarán el retrato.
Las mujeres caminan casi de puntas al no poder controlar los tacones de sus
zapatillas en el camino empedrado.
Detrás de una
pequeña reja está el refugio y centro de trabajo de los integrantes de los
Fotógrafos de la Villa Lado Poniente. Ellos portan una bata gris con su nombre
bordado en el lado izquierdo. Y su competencia, los del lado oriente, visten un
chaleco color caqui.
Quien lleva la voz
cantante entre los fotógrafos con bata gris es Salvador Sánchez Serna. Ha
trabajado en la Villa durante más de cuatro décadas. Según lo que sus
antecesores le han dicho, la tradición del fotógrafo de la Basílica comenzó
entre 1928 y 1934. De ese momento a la fecha la evolución tecnológica los ha
llevado a experimentar con el ferrotipo, con otro proceso más complicado por el
que se les conocía como “fotógrafos de agua”, con la Polaroid y con la
fotografía digital. Aclara que nunca usaron cámaras de sistema análogo.
A Sánchez Serna el
oficio le viene de familia. Su padre, originario de Guadalajara, trabajó en la
Villa como 40 años. Se escapó del destino que sus padres le habían planeado:
ser pianista reconocido. Al llegar a la Ciudad de México se inició como
ayudante de otros fotógrafos en Tepito y luego en la Basílica. En este lugar
conoció a su esposa. De las enseñanzas transmitidas de padre a hijo quedan “el
respeto al cliente” y “el respeto a los compañeros”.
El visitante en
medio de sus plegarias y agradecimientos se encuentra con estos personajes que
le facilitan a la memoria guiarse por el papel en el futuro. “Nosotros no
obligamos a nadie a que se tome la foto. Le ofrecemos nuestro trabajo para que
el visitante acredite que estuvo en la Villa”. Ellos trabajan los 365 días del
año, en turnos de 7:00 a 13:00 horas y de 13:00 a 19:00 horas. De los días
soleados se cuidan porque “la resolana nos va dañando la vista; por eso usamos
sombrero y lentes oscuros”. De los días con lluvia prefieren huir porque su
equipo puede dañarse, “pero si hay alguien que quiera tomarse una foto salimos
con el paraguas y se la hacemos”.
Para Salvador
Sánchez Serna la vida de su oficio depende de dos cosas: de que ellos vayan al
mismo paso que evoluciona la fotografía y del interés de los peregrinos o
visitantes de alimentar el álbum familiar. Para la compra de sus nuevos
artefactos tienen que dividir el costo entre todos los integrantes de la unión
y luego guardar las aportaciones en una alcancía. Si el costo es muy alto
recurren al sistema de enganche y de mensualidades. Y para llamar la atención de
las personas cuentan con su experiencia y con la bendición de la melancolía. No
faltará quien decida guardar el celular y posar para la foto del recuerdo.
Kathya Millares
Editora y periodista.
Editora y periodista.
Opinión: Este escrito llamo más mi atención, debido
a que la basílica además de ser una atracción para las personas, es el centro o uno de los más importantes de la
ciudad de México, a los cuales procuran los turistas, ya que como la reportera
menciona en su escrito, todo turista que recurre a la basílica siempre posa
para tomarse una fotografía, esto para mantener el recuerdo del cual, dé a
notar que anduvo paseando y conociendo de la villa, que además, menciona que
los fotógrafos que se encuentran ahí, son personas con un extenso, de trabajo
empleado, en el cual lo que realizan es ofertar sus servicios a los turistas,
desde lo que es una fotografía, así como predicciones, gustos por ciertas cosas
y sobre todo, porque cuentan con una persona que los puede asesorar y así
pueden conocer más sobre su historia.

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